EL MAJUELO, UN ARBUSTO QUE NACE DE LA LUZ

El otro día paseando por la Laguna del Cañizar nos sentimos atraídos por un precioso majuelo (Crataegus monogyna). Sus hojas de distintas tonalidades, mecidas por una ligera brisa, se aferraban a las ramas para no mostrar su creciente desnudez adornada por el rojo intenso de sus innumerables y pequeños frutos. De una forma discreta, su belleza nos conducía hacia él, al igual que a lo largo de los siglos, sus ancestros conseguieron hipnotizar a distintas civilizaciones.

Mientras estábamos junto a él nos contó que los griegos los consideraban una señal de buena suerte y colocaban ramas llenas de flores blancas en las cunas para expulsar los malos espíritus y que los romanos, impresionados por la dureza de su madera tomaron su nombre del griego Krataios (vigor, fuerza). Nos relató como los antiguos germanos colocaban sus ramas en las puertas para protegerlos contra la brujeria y hacían amuletos para alejar las enfermedades, al igual que en la mitología nórdica cuyas ramas unidas con un hilo rojo se utilizaban como protector de espíritus nocturnos, siendo una planta aliada de hadas y druidas, o como, en Islandia, se les llama espinos del sueño figurando esta cualidad en algunas leyendas, apareciendo incluso en cuentos infantiles como la Bella Durmiente al fabricarse tradicionalmente las ruecas de su madera.

Majuelo en el CROA

Un majuelo orgulloso de ser un arbusto nacido de la luz según algunas tradiciones, que anticipa la primavera en una gran explosión floral que salpica de blanco los campos y las riberas, inspirador de mitos y leyendas pero también de poesías e historias de amor.

Mientras estábamos allí, escuchando todo lo que nos estaba contando, esperando incluso que alguna pequeña hada pudiera salir de entre sus ramas, nos vino a la cabeza un poema de Gabriela Mistral, sintiendo que al igual que en el poema, el majuelo nos conocía y que alguna forma ya éramos parte de él.

EL ESPINO

El espino prende a una roca
su enloquecida contorsión,
y es el espíritu del yermo,
retorcido de angustia y sol.

La encina es bella como Júpiter,
y es un Narciso el mirto en flor.
A él lo hicieron como a Vulcano,
el horrible dios forjador.

A él lo hicieron sin el encaje
del claro álamo temblador,
porque el alma del caminante
ni le conozca la aflicción.

De las greñas le nacen flores.
(Así el verso le nació a Job.)
Y como el salmo del leproso,
es de agudo su intenso dolor.

Pero aunque llene el aire ardiente
de las siestas su exhalación,
no ha sentido en su greña oscura
temblarle un nido turbador…

Me ha contado que me conoce,
que en una noche de dolor
en su espeso millón de espinas
magullaron mi corazón.

Le he abrazado como a una hermana,
cual si Agar abrazara a Job,
en un nudo que no es ternura,
porque es más ¡desesperación!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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